El Nexo de Argentia era un cementerio de luz. El aire, saturado de la energía de Amelia y el impacto de Julian, sabía a hierro y a eternidad. Julian Vance sostenía el cuerpo de su esposa contra su pecho de obsidiana. Ella estaba fría, su piel antes radiante ahora tenía la palidez del mármol muerto, y sus ojos estaban cerrados en un letargo que no era sueño, sino el vacío de una lámpara sin aceite.
—No me dejes, Amelia... —la voz de Julian era un rugido quebrado.
A su alrededor, el palacio se ca