El espacio alrededor de Argentia ya no era un vacío negro; era una sustancia viva, una gelatina de antimateria que palpitaba con el latido de los Devoradores. En el centro de esa tormenta de irrealidad, dos figuras se enfrentaban, suspendidas sobre el abismo.
Julian Vance, el Rey de las Cicatrices, vestía su armadura de combate más pesada, una reliquia de obsidiana que absorbía la poca luz que quedaba en el sistema. Frente a él, a menos de cien metros, flotaba Elias. El joven ya no parecía huma