Antes de que Irina pudiera soltar otra palabra, Nathalia alzó la voz:
—¡Guardias! Saquen a esta mujer de mi casa. Y que no vuelva a entrar nunca más.
Dos hombres se acercaron y tomaron a Irina por los brazos. Ella forcejeó, lanzando maldiciones mientras la arrastraban hacia la puerta.
—¡Esto no va a quedar así, Nathalia! —gritaba—. ¡Me las vas a pagar! ¡Todas!
Su voz se fue apagando hasta convertirse en eco. Y luego… silencio.
Un silencio denso. Incómodo. No era solo el escándalo. Era la sensac