Alexander no respondió ni una sola pregunta más.
El silencio en el despacho se volvió denso, incómodo. Leo intentó insistir una vez más, pero la mirada fría que recibió fue suficiente. La entrevista terminó ahí.
Cuando la puerta se cerró tras el periodista, el aire cambió.
Alexander se levantó despacio.
—Explícame —dijo, con un tono tan calmado que me dió un escalofrío.
Me puse de pie también.
—Ya lo hizo él.
—No. —Su voz se endureció—. Explícame por qué desobedeciste. Te pedí que no fueras. P