Llegamos al puerto cuando el reloj marcaba las once y media de la noche.
El muelle abandonado estaba oscuro. Las luces de los farolas no funcionaban. Los edificios parecían fantasmas. El viento soplaba fuerte, trayendo olor a mar y a sal.
—Llegamos —dijo Damián, apagando el motor del patrullero.
—¿Están bien todos? —pregunté.
—Todos —respondió.
Bajamos del coche. Las piernas me temblaban. No solo por el cansancio. También por lo que venía.
El barco estaba ahí.
Pequeño. Blanco. Las luces apagada