El mar estaba en calma.
Las olas mecían el barco suavemente, como si nos arrullaran. El cielo estaba lleno de estrellas, más de las que había visto en toda mi vida. El viento soplaba tibio, trayendo olor a sal y a libertad.
Desde que el puerto quedó atrás, sentí que podía respirar por primera vez en días.
—¿Cansada? —preguntó Ezra, apoyado en la barandilla.
—Un poco —respondí—. Pero es un buen cansancio.
—¿Existe eso?
—Cuando es por algo que vale la pena, sí.
Me miró, esbozó una sonrisa torcida