No sé cuánto tiempo pasó.
Los disparos seguían. Los gritos también. El humo lo cubría todo. Yo seguía con los prismáticos pegados a los ojos, el corazón en la garganta, las manos sudorosas.
No podía ver bien. El polvo. Las sombras. El caos.
Pero vi cuando el furgón se detuvo.
Las puertas traseras se abrieron de golpe. Mis hombres corrieron hacia él. Los agentes de la DEA seguían disparando, pero algo había cambiado. Sus disparos eran menos. Sus movimientos, más lentos.
—¡Ríndanse! —gritó Damián