No pude quedarme. No mientras él estaba Dios sabe dónde, metido en Dios sabe qué.
La preocupación me carcomía por dentro. Alexander se había ido sin mirarme, sin explicarme nada, y esa sensación de vacío en el pecho no me dejó pensar con claridad. Así que hice lo único que sabía hacer cuando algo me importaba demasiado: actuar.
Salí de la mansión y tomé el primer taxi que encontré.
—Síguelos —le dije al conductor cuando, varios minutos después, vi el convoy negro a lo lejos—. Pero sin llamar l