52: La Bestia del Zar

No pude quedarme. No mientras él estaba Dios sabe dónde, metido en Dios sabe qué.

La preocupación me carcomía por dentro. Alexander se había ido sin mirarme, sin explicarme nada, y esa sensación de vacío en el pecho no me dejó pensar con claridad. Así que hice lo único que sabía hacer cuando algo me importaba demasiado: actuar.

Salí de la mansión y tomé el primer taxi que encontré.

—Síguelos —le dije al conductor cuando, varios minutos después, vi el convoy negro a lo lejos—. Pero sin llamar l
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