El viaje de vuelta fue en silencio.
Iván conducía, los ojos fijos en la carretera. Atrás, Alexander iba a mi lado, su cuerpo pesado contra el asiento de cuero. La sangre se había secado en su piel, cuarteada como arcilla. Seguía oliendo a pólvora
No habló. Yo tampoco.
Pero su mano, la que yo había entrelazado con la mía en el almacén, no se separó de la mía en todo el trayecto.
Llegamos. Las rejas de la mansión se abrieron. Los guardias de la entrada nos miraron, vieron a Alexander, vieron la