Ezra se fue al amanecer a reunirse con los agentes de la DEA.
Lo vi salir por la puerta principal. Traje oscuro. Pasos firmes. La mirada puesta en el horizonte.
—Ten cuidado —le dije.
—Siempre —respondió.
Me besó en la frente. Se subió al coche. Desapareció.
Me quedé en la puerta, mirando el polvo que levantaban las ruedas. El corazón me pesaba. Pero no podía quedarme encerrada.
Necesitaba ir al cementerio. Quería ir a llevarle flores. Necesitaba decirle adiós como no pude la primera vez.
Pedí