Cenábamos los tres.
Mi padre ya se sentía mejor. Tenía color en el rostro. Hablaba más. Hasta bromeó un par de veces. Era un sueño del que no quería despertar.
—¿Así que Ezra, tienes algo con mi hija? —dijo mi padre, mirándolo con recelo.
—Así es—respondió Ezra, con media sonrisa.
—¿Papá cómo lo sabes? —pregunté algo avergonzada. Ni siquiera me había dado tiempo a decírselo, él solo lo intuyó.
—Sin contar que duermen en la misma habitación —dijo levantando una ceja y me sonrojé —. Lo noté por c