34: Las Grietas del Acero

Las piernas simplemente dejaron de responderme.

Sentí cómo el suelo se me escapaba y, antes de caer, unos brazos firmes me atraparon. Alexander me sostuvo contra su pecho, con una fuerza precisa, controlada. Mi cara quedó a la altura de su cuello, respirando su perfume caro mezclado con adrenalina.

Frente a nosotros, mi padre.

Me miraba como si estuviera viendo a un fantasma.

Alexander no dudó. Alzó la voz con autoridad, como si esa escena no lo descolocara en absoluto.

—Usted debe ser el padre
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