No pude esperar a llegar a nuestro destino.
Estando dentro del auto, ya tenía el teléfono entre las manos. La adrenalina aún me vibraba en la sangre, los oídos me zumbaban, pero nada importaba excepto una cosa.
Encontrarlo.
Alexander, sentado a mi lado, guardó un silencio extrañamente respetuoso, mirando por la ventana, pero su atención estaba clavada en mí. Lo sentía.
Deslicé el dedo por la pantalla, abrí la carpeta, los archivos se desplegaron como una lista interminable de horrores perfecta