Llevaba una semana entrenando.
Había mejorado en el tiro. Ya no temblaba cuando sostenía el arma. Mis balas encontraban el blanco con más frecuencia. Pero Ezra insistía en que no bastaba.
—Las balas se acaban —dijo esa tarde, mientras nos dirigíamos al jardín—. Las manos, no.
—¿Vas a enseñarme a pelear?
—Sí, creo que ya tienes lo básico de las armas. Así que ahora comenzaremos con el combate cuerpo a cuerpo.
El jardín estaba vacío. El sol comenzaba a bajar, pintando el cielo de naranja y rosa.