Desperté antes de que el sol entrara del todo.
No recordaba haberme dormido tan profundamente en años. Sin pesadillas. Sin sobresaltos. Solo oscuridad tranquila y el calor de un cuerpo junto al mío.
El de Ezra.
Seguía durmiendo. Su pecho subía y bajaba con una calma que no le había visto nunca despierto. La cicatriz en su ceja. El lunar junto a su mandíbula. El pelo revuelto sobre la frente.
Así, sin la armadura del traje, sin la frialdad en la mirada, parecía otro. Parecía Teo. El niño que una