Días después, todo seguía igual.
O no.
Algo había cambiado entre nosotros. Las miradas duraban más de lo necesario. Los roces ya no eran accidentales. Las noches en su cama se habían vuelto una costumbre que ninguno de los dos mencionaba.
Solo dormíamos. Nada más que eso.
Pero cada mañana despertaba en sus brazos. Y cada mañana me costaba más separarme.
Esa tarde, Ezra me buscó en la cocina.
—Ven —dijo—. Hay algo que necesito que veas.
—¿Qué?
—No te lo puedo decir. Tengo que mostrártelo.
Lo seg