El papel seguía entre mis dedos cuando me dejé caer otra vez sobre la cama. La receta parecía pesar más que una hoja normal. Demasiado.
¿Qué debía hacer?
¿Confrontar a Alexander? Era como prenderle fuego a una dinamitera y esperar que solo humeara. El hombre se volvía un volcán con solo mencionar a su hijo, imagínate si le soltaba que alguien lo estaba envenenando bajo su nariz.
¿Y si lo sabía?
¿Y si no le importaba?
La idea me duró apenas un segundo antes de desmoronarse sola.
No tenía sentido.
Un hombre que envenena a su propio hijo no sale corriendo a las tres de la mañana con él en brazos, como si se le fuera la vida en ello. No lo protege así. No se quiebra por dentro cuando cree que puede perderlo.
No. Alexander no era el culpable.
Entonces alguien más lo era.
Y ese pensamiento me heló la sangre.
No podía llegar a Alexander con suposiciones. Necesitaba hechos. Algo concreto que no le diera margen para acusarme de mentir o, peor, de intentar sembrar cizaña.
El recuerdo de Nathal