El papel seguía entre mis dedos cuando me dejé caer otra vez sobre la cama. La receta parecía pesar más que una hoja normal. Demasiado.
¿Qué debía hacer?
¿Confrontar a Alexander? Era como prenderle fuego a una dinamitera y esperar que solo humeara. El hombre se volvía un volcán con solo mencionar a su hijo, imagínate si le soltaba que alguien lo estaba envenenando bajo su nariz.
¿Y si lo sabía?
¿Y si no le importaba?
La idea me duró apenas un segundo antes de desmoronarse sola.
No tenía sentido