Llegué a mi habitación y cerré la puerta con un golpe sordo que hizo temblar el marco. La fuerza se me fue de las piernas. Me dejé caer en la cama, y entonces, solo entonces, las lágrimas que había mantenido a raya estallaron.
Lloré como se llora cuando algo te rompe por dentro. Con el pecho apretado, con la respiración desordenada, con lágrimas que no pedían permiso. Quise detenerlas. Me dije que ya había llorado suficiente en esta vida. Que no iba a regalarle eso a Alexander.
Pero no pude.
Po