Llegué a mi habitación y cerré la puerta con un golpe sordo que hizo temblar el marco. La fuerza se me fue de las piernas. Me dejé caer en la cama, y entonces, solo entonces, las lágrimas que había mantenido a raya estallaron.
Lloré como se llora cuando algo te rompe por dentro. Con el pecho apretado, con la respiración desordenada, con lágrimas que no pedían permiso. Quise detenerlas. Me dije que ya había llorado suficiente en esta vida. Que no iba a regalarle eso a Alexander.
Pero no pude.
Porque no solo dolía lo que dijo.
Dolía que, en el fondo más oscuro y secreto de mi mente, una parte enferma y atormentada susurraba que tenía razón.
Debí haberme enfrentado a mi padre. Debí haber huido antes, debí haber sido más fuerte, más rápida, más lista. Debí… debí… debí. Un millón de "debí" que no servían para nada excepto para clavarme cuchillos cada noche.
¿Y si nunca lo encuentro? ¿Y si ese hueco que Alexander mencionó con tanto desprecio se queda vacío para siempre?
No sé cuánto tiempo