El filo del cuchillo bajó hacia mí con torpeza, pero con intención suficiente para matar.
No tuve tiempo de pensar.
Mi cuerpo reaccionó solo.
Antes de que la hoja tocara mi piel, atrapé su muñeca con toda la fuerza que me quedaba. Apreté. Con rabia. Con miedo. Con desesperación. La chica chilló, un sonido agudo que me atravesó los nervios, pero no soltó el cuchillo.
—¡Suéltalo! —gruñí entre dientes.
No lo hizo.
Doblé el brazo, torciendo la articulación. Con mi otra mano, la libre, no lo pensé: