No podía quedarme.
Ni esa noche. Ni nunca.
Él sabía quién era. Y nada aseguraba que fuera a ser misericordioso solo porque fuimos amigos de la infancia. Eso fue hace veinte años. Ahora éramos otros. Él era un monstruo. Y yo, su presa.
No empaqué mis cosas. Las pertenencias eran lo que menos me importaba. Solo agarré el cuchillo que guardaba debajo del colchón, lo metí en el bolsillo de mi vestido y salí de la habitación.
El pasillo estaba oscuro. Las luces de emergencia parpadeaban. Sombras dan