Pasaron horas.
No sé cuántas. El tiempo se había vuelto una masa espesa que no podía medir. Solo sabía que estaba sentada en el suelo de su habitación, con el cuchillo apretado contra el pecho, escuchando su respiración al otro lado de la puerta.
Pero en algún momento, el silencio llegó.
Completo. Absoluto.
Ya no escuchaba su respiración. No escuchaba sus pasos. Solo el silencio.
Esperé un minuto. Dos. Cinco.
Nada.
Me puse de pie con cuidado. Mis piernas estaban dormidas. Me dolían. Pero no me