La mañana siguiente a la advertencia de Alexander amaneció tensa y silenciosa. Yo estaba en mi habitación, el café frío frente a mí, cuando mi teléfono vibró.
No era un número desconocido. Era el mismo de la foto.
El mensaje era corto y lo que estaba escrito me dejó sin aliento.
“Quiero el Archivo ‘Fénix’ de la caja fuerte de Volkov. Tiene 24 horas. Si no coopera, aténgase a las consecuencias.”
Esto no era un juego. Porque quien escribe así no amenaza por diversión. Es alguien que ya decidió actuar.
No respondí.
Ni siquiera escribí un punto. No iba a negociar. No iba a traicionar a Alexander. No porque me importara su imperio, sino porque no soy idiota: si entregaba algo, nunca me soltarían. Y además algo en mi pecho se negó a traicionarlo.
Borré el mensaje, pero no la sensación. Porque las 24 horas comenzaban a correr.
---
Un par de horas después, Alexander mandó a llamar a todos sus escoltas. Incluyéndome.
—Salimos —dijo—. Ahora.
No pregunté a dónde. Nunca lo hago. Subimos al aut