Regresé a mi habitación y cerré la puerta con llave. Apoyé la espalda en la madera y dejé caer la cabeza hacia atrás. El corazón me latía rápido. Demasiado. Y no era miedo.
Era otra cosa.
Adrenalina. Tensión. El recuerdo demasiado reciente de su cuerpo bajo el mío, de su respiración entrecortada, de esa línea invisible que habíamos cruzado sin decirlo en voz alta.
Maldita sea.
Sabía que tendría que dar explicaciones. Muchas. Y sabía que Alexander no era un hombre al que se le ocultaran cosas si