Regresé a mi habitación y cerré la puerta con llave. Apoyé la espalda en la madera y dejé caer la cabeza hacia atrás. El corazón me latía rápido. Demasiado. Y no era miedo.
Era otra cosa.
Adrenalina. Tensión. El recuerdo demasiado reciente de su cuerpo bajo el mío, de su respiración entrecortada, de esa línea invisible que habíamos cruzado sin decirlo en voz alta.
Maldita sea.
Sabía que tendría que dar explicaciones. Muchas. Y sabía que Alexander no era un hombre al que se le ocultaran cosas sin pagar un precio.
Me obligué a moverme.
Volví a la laptop. A lo único que tenía sentido hacer ahora: rastrear el número.
Abrí programas, rutas, rastreadores, pasé por capas de anonimización, proxies, intenté localizar aunque fuera una señal mínima: ciudad, proveedor, rebote.
Nada.
Era limpio. Demasiado limpio.
Quien fuera que me había escrito sabía exactamente lo que hacía. No había rastro. Ninguno. Como si el número existiera solo para ese mensaje.
Cerré los ojos con rabia.
—Maldito —murmuré.