La levanté del suelo sin pensarlo dos veces. Pesaba menos de lo que debería. Eso me irritó. La sangre seguía brotando caliente, espesa, demasiada. Una mancha roja obscena expandiéndose sobre la blusa clara de Anastasia.
—Al auto. Ya —ordené.
Nadie discutió.
La acomodé en el asiento trasero y me subí con ella. Su cabeza cayó contra mi pecho cuando el vehículo arrancó. Inconsciente. Pálida. Demasiado quieta.
Puse una mano en su cuello. Pulso débil, pero ahí estaba.
Bien.
No entendía por qué me importaba. No del todo. Anastasia era un problema desde el día uno. Inteligente, impredecible, peligrosa. Y, aun así, cada vez que pensaba en perderla, algo en mí se tensaba como una soga a punto de romperse.
Una desconocida que llegó para quedarse. Una maldita bruja que jugó con mi mente.
—A la clínica privada. Pisa el acelerador —dije.
El conductor no respondió. No hacía falta, solo acató la orden.
---
Llegamos. El equipo médico estaba esperando en la entrada privada. Se la llevaron en una ca