La levanté del suelo sin pensarlo dos veces. Pesaba menos de lo que debería. Eso me irritó. La sangre seguía brotando caliente, espesa, demasiada. Una mancha roja obscena expandiéndose sobre la blusa clara de Anastasia.
—Al auto. Ya —ordené.
Nadie discutió.
La acomodé en el asiento trasero y me subí con ella. Su cabeza cayó contra mi pecho cuando el vehículo arrancó. Inconsciente. Pálida. Demasiado quieta.
Puse una mano en su cuello. Pulso débil, pero ahí estaba.
Bien.
No entendía por qué me i