Esa noche no pude quedarme quieta.
Caminé de un lado a otro de mi habitación como si el suelo me quemara. El mensaje seguía ahí, clavado en mi cabeza, aunque no lo mirara. La foto. La pregunta.
Y el número.
Quería saber al menos una cosa: si estaba en la ciudad. Si era cercano. Si el cazador estaba respirándome en la nuca o jugando desde lejos.
Abrí la laptop.
La conexión de la mansión era el mismo chiste de siempre: filtros, límites, páginas bloqueadas. Un internet hecho para que nadie encontrara nada que no debiera.
Perfecto.
Mis dedos se movieron con naturalidad. No era la primera vez que me enfrentaba a un sistema “seguro” diseñado por gente que solo cree que la seguridad es una contraseña larga.
Rompí el acceso. El filtro cayó. La red se abrió como una puerta mal cerrada.
Pero antes de buscar el origen del número, hice algo que me salió por instinto: activé el programa de rastreo de dispositivos conectados.
Solo para ver. Solo para saber qué respiraba dentro de esta casa.
La list