Esa noche no pude quedarme quieta.
Caminé de un lado a otro de mi habitación como si el suelo me quemara. El mensaje seguía ahí, clavado en mi cabeza, aunque no lo mirara. La foto. La pregunta.
Y el número.
Quería saber al menos una cosa: si estaba en la ciudad. Si era cercano. Si el cazador estaba respirándome en la nuca o jugando desde lejos.
Abrí la laptop.
La conexión de la mansión era el mismo chiste de siempre: filtros, límites, páginas bloqueadas. Un internet hecho para que nadie encontr