Me quedé congelada frente a la pantalla.
La foto seguía ahí, como un puñal clavado en el vidrio del teléfono.
Y esa frase.
“¿Sigues interesada en ser madre?”
Mi primer instinto fue llamar.
Marcar el número y exigir respuestas. Gritar. Amenazar. Suplicar. No importaba el orden.
Pero me detuve con el dedo a milímetros de la pantalla.
No.
Llamar era mostrar desesperación. Y la desesperación es una cuerda. Si la otra persona la tiene, te arrastra donde quiera.
Ese número era mi único vínculo con quien fuera que me estaba cazando. Si lo presionaba, si me mostraba invasiva, podía decidir no contactarme más. Y yo no podía permitirme perderlo.
Respiré hondo.
Volví a mirar la foto.
La amplié.
Al milímetro.
El parque era… genérico. Un columpio. Un tobogán. Árboles. Un banco al fondo. Nada distintivo. Nada que gritara una dirección. Podría estar en esta ciudad. O en otra. Podría ser hoy. O de hace meses.
Volví a mirar al niño.
La pregunta era veneno porque atacaba mi punto ciego.
¿Era mi hijo?
N