Me quedé congelada frente a la pantalla.
La foto seguía ahí, como un puñal clavado en el vidrio del teléfono.
Y esa frase.
“¿Sigues interesada en ser madre?”
Mi primer instinto fue llamar.
Marcar el número y exigir respuestas. Gritar. Amenazar. Suplicar. No importaba el orden.
Pero me detuve con el dedo a milímetros de la pantalla.
No.
Llamar era mostrar desesperación. Y la desesperación es una cuerda. Si la otra persona la tiene, te arrastra donde quiera.
Ese número era mi único vínculo con qu