Los días siguientes fueron tranquilos. No una calma tensa, no una tregua antes de la tormenta. Una calma real. Una de esas que llenan el pecho y te hacen creer que todo va a estar bien.
Alexander y yo disfrutábamos de los niños. Los llevábamos a la playa, les enseñábamos a hacer castillos de arena, a correr contra las olas. Mika reía sin parar. Lucas, más callado, lo seguía con una sonrisa que cada vez se asomaba más.
Por las noches, cenábamos juntos. Alexander se sentaba a la cabecera de la me