Cruzar la puerta de servicio fue más fácil de lo que imaginé.
Tres años planeando cada detalle, cada mentira, cada documento falso. Y al final, lo único que necesité fue un currículum inventado y una sonrisa sumisa.
—Desde hoy trabajas aquí —dijo la mujer que me recibió en la entrada, sin siquiera mirarme a los ojos—. No hablas si no te hablan. No haces preguntas. Y nunca, nunca entras a lugares que no te corresponden.
La mujer tendría unos sesenta años, el pelo gris recogido en un moño perfect