Desperté antes que él.
La luz de la mañana se filtraba por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre su rostro. Alexander dormía profundamente, con el ceño relajado, los labios entreabiertos. Parecía más joven. Más humano. Como si por unas horas el mundo no pesara sobre sus hombros.
Se veía… en paz.
Levanté la mano despacio. Le acaricié la mejilla con la punta de los dedos. Su piel estaba tibia. Su barba, apenas perceptible, me rozó la yema de los dedos. Luego dibujé el contorno de sus facci