Los días comenzaron a acomodarse en una especie de rutina que nunca pensé que tendría.
La casa ya no se sentía ajena.
Se sentía… viva.
Lucas y Mika se volvieron inseparables con una rapidez que todavía me sorprendía. Mika hablaba sin parar, lo arrastraba de un lado a otro como si quisiera enseñarle cada rincón del mundo en un solo día. Lucas, en cambio, era más callado, más observador. Pero ya no se apartaba. Ya no se encogía cuando alguien se acercaba.
Ahora respondía. A veces incluso reía.
Co