En el auto, no solté a Leo ni un segundo.
Lo tenía abrazado contra mí, como si temiera que si lo soltaba, desaparecería otra vez. Él no se quejó. No se apartó. Solo se quedó quieto, con la cabeza apoyada en mi costado, mirando por la ventana.
Alexander conducía en silencio. De vez en cuando me miraba por el retrovisor, pero no decía nada. Sabía que este momento era solo nuestro.
Cuando el auto se detuvo frente a la mansión, Leo levantó la vista. Sus ojos recorrieron la fachada, los jardines, la