Me quedé mirándolo unos segundos más, sin saber qué hacer con tanto dolor junto.
Luego me levanté en silencio y fui por un vaso de agua. Se lo tendí.
—Bebe —le dije, suave—. Estás ebrio.
Alexander soltó una pequeña sonrisa, amarga, casi rota. Tomó el vaso. Lo sostuvo entre las manos, mirando el agua como si no supiera qué hacer con ella.
—Créeme… no estoy tan ebrio como me gustaría —murmuró—. Aún puedo recordar todo con claridad.
Suspiré y me senté otra vez a su lado. Me devolvió el vaso despué