Alexander subió las escaleras como un huracán.
No corría, pero cada paso suyo retumbaba en el suelo de madera como un aviso de la tormenta que se avecinaba. Yo lo seguí desde lejos, pegada a la sombra del pasillo, sin atreverme a interferir.
No era mi lugar. No ahora.
Desde el corredor, escuché los primeros gritos. La voz de Nathalia, primero negando, después alzando el tono, acusando.
—¡Mientes! ¡Esa mujer te ha llenado la cabeza de mentiras!
Luego la de Alexander, rota por la furia y la decep