Me armé de valor.
No había vuelta atrás. El chantajista ya había hablado. Si quería conservar lo que tenía con Alexander, tenía que decirle todo.
—¿Es verdad? —repitió él, esperando.
—Sí —dije, firme—. Lo es.
Alexander se levantó lentamente del escritorio. No alzó la voz. No rompió nada. Pero la tensión en su cuerpo era la de una bestia enjaulada.
Rodeó el escritorio sin apartar los ojos de mí.
—¿Desde cuándo me has estado traicionando?
La palabra me golpeó. Traición. ¿Eso era lo que él creía?