Capítulo 7

Emma Ross sintió que el estómago se le comprimía en un puño de piedra en el instante en que regresó a su escritorio. La tableta digital que sostenía contra el pecho le pareció de pronto un artefacto helado y hostil. Se dejó caer en su silla ergonómica, una pieza de diseño que costaba más que tres meses de su alquiler en la periferia, y miró fijamente la pantalla parpadeante. Once en punto. El reloj de la esquina superior derecha marcaba las nueve y cuarto. Tenía menos de dos horas para prepararse para lo que intuía que sería una ejecución a fuego lento.

​No era una paranoia sin fundamentos. Emma conocía a los hombres como Alexander Vance; el mundo estaba lleno de ellos, aunque la mayoría no vistiera trajes a medida de tres piezas ni manejara imperios logísticos. Eran hombres acostumbrados a que la realidad se moldeara según sus antojos, individuos que veían un cabo suelto o una anomalía en su entorno y no paraban hasta desarmarla, sin importarles si al hacerlo aplastaban a alguien en el proceso. Y ella, con su currículum mutilado y sus silencios defensivos, era la anomalía más grande en el piso cuarenta.

​Su primer impulso, el más primario y animal, fue el de la fuga. Pensó en tomar su bolso, meter el pase magnético en el cajón y caminar hacia las escaleras de emergencia. Podía inventar una mentira, decir que su hijo se había puesto peor, o simplemente no decir nada y desaparecer en el anonimato de la gran ciudad. Pero entonces recordó el correo electrónico de Recursos Humanos que había leído la noche anterior. El seguro médico premium. La póliza que garantizaba que, si los pulmones de Leo decidían cerrarse de nuevo durante el próximo invierno, ella no tendría que pasar la noche en la sala de espera de un hospital público, mendigando una dosis de salbutamol a un médico residente exhausto.

​Ese papel, esa cobertura médica que para Alexander Vance era un renglón insignificante en el presupuesto de gastos administrativos, era el único escudo que protegía la vida de su hijo.

​—Por ti, mi amor —susurró Emma, con una voz tan baja que se perdió en el rumor casi imperceptible del aire acondicionado.

​Abrió los dedos de la mano izquierda, que habían quedado rígidos sobre el borde del escritorio, y obligó a sus pulmones a llenarse de aire. Tenía que ser inteligente. Si Alexander quería jugar a los espías, ella tendría que ser la empleada más aburrida, eficiente y transparente del mundo. Le daría exactamente lo que pedía: datos, números, notas de campo impecables y una actitud tan sumisa y profesional que terminaría por aburrirlo. Los hombres como él perdían el interés rápidamente cuando el misterio se transformaba en pura rutina administrativa.

​Su teléfono personal, el viejo aparato con la pantalla astillada que guardaba en el bolsillo de su saco, vibró con un zumbido sordo. Emma dio un respingo y lo sacó de inmediato, con el corazón acelerado.

​Era un mensaje de texto de Marta: «Leo se tomó toda la leche. Está jugando con sus bloques en la sala. No ha tosido en toda la mañana. Quédate tranquila, flaca. Disfruta tu día».

​Emma soltó un suspiro tembloroso, sintiendo que una parte de la opresión en su pecho se aliviaba. "Disfruta tu día", pensó con una amargura que le supo a hiel. Marta no tenía idea de que disfrutar el día significaba subirse al auto privado de un lobo que buscaba un rastro de sangre en su pasado.

​Guardó el teléfono y se concentró en el trabajo. Entró al servidor de la empresa y comenzó a descargar los mapas de la terminal del muelle sur. Era una zona compleja: hectáreas de contenedores, grúas pórtico y almacenes de depósito que la empresa utilizaba para el comercio internacional. Imprimió las hojas de ruta modificadas tras el ataque de ayer y las organizó en una carpeta de plástico rígido. Buscó en el armario de suministros del pasillo un casco de seguridad blanco, el estándar para las visitas de inspección, y lo colocó junto a su bolso.

​A las diez y cincuenta y cinco, Emma se levantó. Se miró en el espejo del baño del personal. Su rostro estaba pálido, casi translúcido bajo las luces fluorescentes, y las ojeras eran dos sombras grises que ningún polvo cosmético de farmacia de barrio podía ocultar. Se alisó el saco negro, se ajustó la trenza y tomó la carpeta con una mano que, milagrosamente, ya no temblaba. La necesidad la había dotado de una armadura fría.

​Tomó el ascensor directo al subsuelo de la torre. El sótano tres era un estacionamiento privado, un búnker de concreto pulido donde solo aparcaban los ejecutivos de alto rango. El olor a combustible limpio, neumáticos nuevos y cera para carrocerías inundaba el ambiente.

​Allí estaba el vehículo. Un sedán negro de vidrios blindados y oscuros que parecía absorber la poca luz del lugar. Junto a la puerta trasera, un hombre maduro vestido con un traje gris impecable y guantes oscuros esperaba de pie con una postura militar.

​—¿Señorita Ross? —preguntó el chofer con una cortesía mecánica.

​—Sí, buenos días —respondió Emma, manteniendo la voz en un tono neutro.

​—El señor Vance bajará en un momento. Por favor, suba.

​El hombre le abrió la puerta trasera. Emma se deslizó en el interior del vehículo, sintiendo de inmediato el aroma que la hizo retroceder cuatro años en el tiempo: cuero de alta calidad, madera noble y ese sutil aroma a tabaco de importación que Alexander solía consumir en contadas ocasiones. El espacio era amplio, pero para ella se sintió como una celda de aislamiento. Se sentó en el extremo izquierdo, pegándose lo más posible a la ventanilla, colocó la carpeta sobre sus rodillas y fijó la mirada en la pared de concreto del estacionamiento.

​Dos minutos después, la puerta del ascensor del subsuelo se abrió con un timbre metálico.

​Alexander Vance caminó hacia el auto con el paso largo y seguro de quien es dueño del suelo que pisa. No llevaba el saco del traje; se había quedado solo con el chaleco gris oscuro que acentuaba la amplitud de sus hombros y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta la mitad del antebrazo. En su mano derecha traía una tableta y un juego de planos enrollados.

​El chofer le abrió la puerta derecha. Alexander subió al auto y el vehículo se hundió sutilmente bajo su peso. La puerta se cerró con un golpe sordo y hermético que aisló por completo el ruido del exterior. El aire acondicionado comenzó a funcionar con un sutil siseo.

​—Muelle sur, Marcus —ordenó Alexander, sin mirar a Emma.

​—Entendido, señor Vance —respondió el chofer desde el otro lado del cristal que dividía la cabina.

​El auto avanzó con una suavidad irreal, subiendo la rampa hacia la superficie y saliendo al tráfico caótico de la ciudad. La luz del sol de la mañana golpeó los cristales tintados, tiñendo el interior de un matiz grisáceo y denso.

​Alexander se mantuvo en silencio durante los primeros diez minutos del trayecto. Se concentró en su tableta, revisando correos y anotando datos con un lápiz óptico. Emma agradeció ese espacio; se dedicó a mirar por la ventana las calles que se volvían progresivamente más industriales a medida que se acercaban a la zona portuaria. Los edificios de oficinas dieron paso a talleres mecánicos, depósitos de chatarra y, finalmente, a la inmensidad del horizonte gris del río, salpicado de chimeneas y buques de carga.

​—¿No dice nada, señorita Ross? —La voz de Alexander rompió el silencio con la brusquedad de un cristal rompiéndose.

​Emma no se sobresaltó. Había estado esperando el ataque. Volteó la cabeza lentamente, encontrándose con los ojos grises del hombre, que la observaban con una intensidad fría por encima de la pantalla de su tableta.

​—No creí que fuera necesario interrumpir su trabajo, señor Vance —respondió ella, con una calma que le costó un esfuerzo sobrehumano—. Supuse que este viaje era de carácter estrictamente operativo.

​Alexander esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Fue un gesto rápido, casi un tic de desdén.

​—Strictamente operativo —repitió él, saboreando las palabras—. Es usted muy buena con la terminología correcta. Ayer me dio un discurso muy conmovedor sobre su integridad y su falta de interés en los secretos de esta empresa. Me dijo que apenas dormía cuatro horas al día y que necesitaba este trabajo solo por el salario y el seguro médico.

​Emma sintió que la sangre se le congelaba, pero no apartó la mirada. Sostuvo el contacto visual, sabiendo que si bajaba los ojos, él lo interpretaría como una confesión de culpa.

​—Es la verdad, señor. No tengo motivos para mentir sobre mi situación económica.

​—La situación económica no me interesa, Ross. El mundo está lleno de gente con deudas —dijo Alexander, inclinándose sutilmente hacia el centro del asiento, invadiendo el espacio que Emma se había esforzado por mantener libre—. Lo que me llama la atención es el vacío. Cuatro años en los que una mujer graduada con honores y con cartas de recomendación que envidiaría cualquiera de mis directores decide desaparecer para atender la caja de un supermercado de mala muerte. Eso no es una situación económica difícil; eso es un escondite.

​La acusación fue directa al mentón. Emma sintió un latido violento en la base del cuello, pero su mente, entrenada por años de miedo y privaciones, reaccionó con una frialdad matemática.

​—A veces la vida no sigue los planes del entorno corporativo, señor Vance —dijo ella, con una voz que sonó extrañamente suave, casi desprovista de emoción—. Las personas tienen crisis familiares, pérdidas, enfermedades. Situaciones que obligan a reordenar las prioridades. No todo el mundo tiene el privilegio de elegir su trayectoria en línea recta.

​Alexander la estudió. Notó la fijeza de sus pupilas, la rigidez de su mandíbula y esa dignidad herida que parecía ser su última línea de defensa. No había miedo en su voz; había una fatiga inmensa, una verdad que no era la que él estaba buscando, pero que se sentía real.

​El auto redujo la velocidad. El chofer giró a la izquierda, entrando por la gran puerta de hierro que daba acceso a la Terminal de Carga Sur de Vance Enterprises. Fuera, el ruido de los motores diésel de los camiones, el chirrido de las grúas y los gritos de los estibadores crearon un muro de sonido que el blindaje del auto apenas lograba mitigar.

​—Llegamos, señor —anunció el chofer por el intercomunicador.

​Alexander se enderezó, rompiendo la cercanía física que había mantenido con Emma. Volvió a su postura de jefe imperturbable, pero antes de abrir la puerta, la miró una última vez.

​—Espero que sus notas de campo sean tan buenas como sus justificaciones, señorita Ross —dijo, con un tono que ya no era una amenaza, sino un desafío—. Porque aquí fuera, los errores no se borran con una tecla del servidor. Aquí fuera, un error aplasta a un hombre.

​Emma tomó su casco blanco de seguridad y apretó la carpeta contra su cuerpo.

​—Lo sé perfectamente, señor Vance —dijo ella, abriendo la puerta de su lado antes de que el chofer pudiera hacerlo—. Sé lo que es ser aplastada.

​Salió al aire pesado y con olor a salitre del puerto, dejando a Alexander solo en el interior del auto por un segundo, con la extraña y molesta certeza de que, por primera vez en su vida, no tenía el control de la situación.

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