Capítulo 23
El apartamento de Boston olía a lo que huelen todos los espacios que han permanecido cerrados durante el invierno del Atlántico: a madera enfriada hasta la médula, a la cal muerta de las paredes que nunca reciben el sol de la tarde y a ese rastro vago, casi rancio, que deja el queroseno de las estufas portátiles cuando se apagan antes de tiempo para ahorrar combustible. No era un piso grande. Apenas tres estancias con ventanas bajas de guillotina que daban a un callejón trasero de Beacon Hill, u
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