El despertador sonó a las cinco de la mañana, pero Emma ya llevaba media hora con los ojos abiertos, contando las grietas del techo de su habitación. Tenía el cuerpo molido. Leo había pasado una mala noche, tosiendo debido a la humedad del departamento, y ella apenas había logrado conciliar el sueño en tramos de veinte minutos. Se levantó con cuidado de no hacer ruido, le dio un beso en la frente a su hijo —que ahora dormía profundamente gracias al nebulizador— y se preparó una taza de café instantáneo tan cargado que amargaba la lengua.Marta, la vecina del piso de abajo que cuidaría a Leo durante el día, llegó a las seis en punto con su habitual sonrisa cansada y un termo de mate.—Ve tranquila, flaca. Yo me encargo del enano —le dijo, dándole un apretón en el brazo—. Consigue ese seguro médico.Emma asintió, tragándose el nudo de culpa que se le formaba en la garganta cada vez que cruzaba esa puerta. A las seis y cuarenta y cinco, ya estaba en el lobby de Vance Enterprises. El s
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