El despertador sonó a las cinco de la mañana, pero Emma ya llevaba media hora con los ojos abiertos, fija en la penumbra grisácea del techo, contando las grietas del yeso viejo de su habitación como si fueran las líneas de un mapa de evacuación. Tenía el cuerpo molido, una lasitud pastosa que le pesaba en las articulaciones y le entorpecía los dedos. Leo había pasado una mala noche; la humedad del río había subido por las tuberías del sector oeste a las tres de la madrugada, metiéndose por las rendijas de la ventana, y el niño había comenzado a toser con ese siseo seco, rítmico, que anunciaba la falta de aire. Emma apenas había logrado conciliar el sueño en tramos de veinte minutos, sentada en el borde del colchón con la mano apoyada en la espalda del pequeño, midiendo el ritmo de su caja torácica.Se levantó con cuidado de no hacer crujir los muelles del somier, caminó descalza sobre el linóleo frío y le dio un beso leve en la frente a su hijo. El niño ahora dormía profundamente, con
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