El domingo por la noche, el piso cuarenta de la Torre Vance no dormía, pero su silencio tenía una densidad distinta, casi eléctrica, como la de una sala de máquinas antes de una maniobra de alta mar. Las luces de los pasillos se habían reducido a la iluminación de cortesía, un desfiladero de tubos fluorescentes que proyectaban un reflejo azulado y pálido sobre el suelo de granito pulido. Ya no estaba el desfile frenético de ujieres ni el olor a perfumes caros de los almuerzos de negocios de los