El viento de finales de noviembre se encajaba en los canales de la Terminal C con la fuerza desapacible de un escopetazo de perdigones. Ya no era la brisa cargada de humedad del verano que dejaba una costra pegajosa de sal en las barandillas de la aduana; ahora el aire bajaba directamente del noreste continental, limpio, cortante, arrastrando el olor metálico de las fundiciones de la alta cuenca y una sequedad que agrietaba los labios de los estibadores en la primera media hora de turno. Los op