Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlexander Vance no durmió esa noche. No fue el café amargo que tomó a deshoras ni las consecuencias del ataque cibernético lo que lo mantuvo dando vueltas en las sábanas de hilo italiano de su departamento en el distrito financiero. Fue una sensación. Una persistente, molesta y casi eléctrica vibración en la yema de sus dedos. Cada vez que cerraba los ojos, el olor a lluvia y a jabón limpio volvía a invadir su espacio, y con él, la imagen de los ojos azules de Emma Ross, abiertos de par en par, fijos en él con un pánico que no correspondía al de una simple asistente asustada por su jefe.
A las cinco de la mañana ya estaba de pie. Se dio una ducha fría, se afeitó con movimientos mecánicos y se quedó mirando su propio reflejo en el espejo del baño. Tenía ojeras marcadas y la mandíbula tensa. —Estás perdiendo la cabeza, Vance —se dijo a sí mismo, molesto por su propia debilidad. Un hombre de negocios no se guiaba por presentimientos. Un hombre de negocios se guiaba por datos, estadísticas y hechos comprobables. Y el hecho era que Emma Ross ocultaba algo. Llegó a la torre corporativa a las seis y media, media hora antes de que el personal de limpieza terminara su turno. El piso cuarenta estaba sumido en un silencio sepulcral, iluminado solo por las luces de emergencia que proyectaban sombras alargadas sobre las alfombras grises. Alexander entró en su oficina, pero no encendió la luz general; prefirió la penumbra y la claridad grisácea que empezaba a filtrarse por el ventanal. Se sentó frente a su computadora y entró directo al sistema privado de Recursos Humanos. Tecleó la contraseña de administrador y abrió el expediente digital de Emma. El documento estaba ahí, inalterable. El mismo que había revisado superficialmente una semana atrás. Título en Administración, mención de honor, cartas de recomendación de un bufete de abogados de prestigio donde trabajó como secretaria ejecutiva hasta hace cuatro años. Y luego, el vacío. Cuatro años de la nada más absoluta en los que su historial laboral simplemente se detenía, para reanudarse apenas hace unos meses con trabajos temporales de baja categoría: cajera en un supermercado de veinticuatro horas, recepcionista en una clínica dental de barrio. Alexander tamborileó los dedos sobre el escritorio, frunciendo el ceño. Una mujer con su capacidad de organización, que ayer había manejado una contingencia millonaria sin pestañear, no terminaba cobrando en la caja de un supermercado por pura abulia. Había una quiebra en su línea de vida, un evento catastrófico que la había obligado a desaparecer del mapa corporativo. —¿Qué te pasó, Emma? —susurró, ampliando la fotografía de la credencial que estaba adjunta al archivo. La pantalla iluminó su rostro en la oscuridad de la oficina. En la foto, ella no sonreía. Tenía la misma mirada digna y cansada que le había mostrado el día anterior. Alexander pasó el cursor sobre la imagen, deteniéndose en sus labios. Una punzada de frustración le recorrió el pecho. La familiaridad seguía ahí, arañando la superficie de su memoria, como un nombre que se tiene en la punta de la lengua pero que no se puede pronunciar. Escuchó el murmullo sutil del ascensor abriéndose al final del pasillo. Miró el reloj de su muñeca: eran las siete en punto. Cerró la pestaña del expediente de inmediato y abrió un documento de presupuesto cualquiera para fingir que llevaba horas trabajando. Segundos después, escuchó los pasos ligeros de Emma aproximándose a la recepción exterior. Escuchó el sonido de su bolso al ser colocado sobre el escritorio, el clic de la computadora al encenderse y el crujido sutil del papel. Ella ya estaba en su puesto, puntual como un reloj suizo, a pesar de la paliza física del día anterior. Alexander esperó diez minutos antes de presionar el intercomunicador. —Señorita Ross, a mi oficina. Traiga la agenda del día. Su propia voz sonó más áspera de lo que pretendía. Se aclaró la garganta y adoptó su postura habitual de frialdad absoluta. Emma entró un momento después. Llevaba el mismo saco negro, pero esta vez tenía el cabello recogido en una trenza baja y prolija. Se la veía cansada, con una palidez que el maquillaje no lograba ocultar del todo, pero sostenía la tableta digital corporativa contra su pecho como si fuera un escudo protector. —Buenos días, señor Vance —dijo, deteniéndose exactamente en el mismo punto que el día anterior, manteniendo una distancia de seguridad que a Alexander le pareció deliberada—. El sistema de ciberseguridad reporta que los servidores están al cien por ciento de su capacidad esta mañana. No hay residuos del ataque de ayer. —Bien —dijo Alexander, sin levantar la vista del monitor, fingiendo estar inmerso en la lectura—. Deje eso de lado un momento. Necesito que hagamos un cambio en su rutina de hoy. Emma guardó silencio, esperando. Alexander levantó la vista lentamente, clavando sus ojos grises en los de ella, buscando cualquier destello de nerviosismo. —Quiero que me acompañe a la revisión de las obras en el muelle sur a las once —declaró él, recostándose en su silla—. Por lo general voy solo con el ingeniero en jefe, pero dadas las inconsistencias en los respaldos logísticos de ayer, necesito que alguien tome notas de campo directamente y verifique que los inventarios físicos coincidan con lo que salvamos en el servidor. Vio cómo los dedos de Emma se apretaban alrededor de la tableta. Un leve matiz de urgencia cruzó sus facciones, pero lo controló con una rapidez pasmosa. —Señor, con el debido respeto, mi contrato de prueba estipula funciones puramente administrativas y de oficina —respondió ella, con la voz firme pero un tono más agudo—. Si salgo de la torre durante tres o cuatro horas, las llamadas de la junta directiva quedarán desatendidas y los contratos de la licitación de la tarde no estarán revisados para su firma. —Los contratos pueden esperar, Ross. Y las llamadas se desvían a la central del piso inferior —replicó él, cortante—. Yo decido cuáles son sus funciones. ¿Tiene algún inconveniente personal en salir de la oficina conmigo? La pregunta llevaba doble fondo, y ambos lo sabían. Alexander quería sacarla de su zona de confort, ver cómo se comportaba fuera del entorno controlado de la recepción, bajo la luz del sol, en el asiento trasero de su auto. Quería romper esa fachada de asistente perfecta y ver a la mujer real que se escondía debajo. Emma tragó saliva. Sostuvo la mirada de Alexander por tres segundos eternos, un pulso silencioso en el que la tensión en la oficina se volvió casi respirable. —Ningún inconveniente, señor Vance —dijo finalmente, bajando la barbilla—. Prepararé los documentos de la obra y el casco de seguridad. Si no hay nada más, programaré el coche de la empresa para las once. —Use mi chofer privado, Ross. No necesitamos el vehículo de la flota. Esté lista a las once en punto en el subsuelo. —Entendido. Emma dio media vuelta y salió de la oficina. Alexander la vio marcharse, notando la rigidez en sus hombros. No había sido una victoria completa; ella no había cedido al pánico, pero había aceptado el desafío. Alexander se pasó una mano por el cabello, exhalando un suspiro largo. Sabía que estaba jugando un juego peligroso. Estaba usando su poder y su posición para presionar a una empleada por un motivo que ni él mismo alcanzaba a justificar ante su propia lógica. Si la junta directiva supiera que el director ejecutivo de Vance Enterprises estaba perdiendo el tiempo investigando el pasado de una secretaria temporal, pensarían que estaba teniendo un brote psicótico. Pero ya no podía detenerse. El misterio de Emma Ross se había convertido en la única aguja en un pajar que Alexander Vance estaba dispuesto a quemar entero con tal de encontrar la verdad.






