Un sábado de mediados de diciembre, el suelo de la aduana vieja amaneció cubierto por una capa fina de escarcha que hacía brillar las aristas de los adoquines como fragmentos de vidrio molido. El cielo sobre el estuario era de un azul pálido, casi transparente, limpio por fin de esa neblina grisácea y aceitosa que durante décadas había caracterizado las mañanas del distrito portuario. El aire cortaba al respirar, pero ya no raspaba el fondo de la garganta con el sabor amargo del azufre.
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