En Antibes, el mar de noviembre no se parecía en nada al azul turquesa de los folletos turísticos que abarrotaban las agencias de la margen izquierda en primavera. Tenía el tono plomizo, opaco y pesado de un espejo de mercurio viejo, un horizonte borroso donde el agua y el cielo se confundían en una misma masa grisácea.
Sterling Vance contemplaba las olas desde la terraza cubierta de la Villa Mirage, protegido del viento por unos enormes paneles de cristal templado que apenas vibraban con las r