Capítulo 5

El aire de la noche en el piso cuarenta se sentía tan espeso que Emma apenas pudo articular palabra. La pregunta de Alexander seguía vibrando entre los dos, cargada de una sospecha que amenazaba con derrumbar el precario castillo de naipes que ella había construido para sobrevivir. La mano de él seguía estática a pocos centímetros de la suya, y Emma juraría que todavía podía sentir el calor residual de ese roce fortuito quemándole la piel.

​—Está confundido, señor Vance —dijo ella, forzando una calma que no sentía mientras guardaba el último archivador en el cajón—. Supongo que tengo un rostro común. Si me disculpa, el trabajo de hoy está terminado y mi horario concluyó hace una hora.

​No esperó a ver la expresión de Alexander. Apagó la pantalla de la computadora, tomó su bolso gastado y caminó hacia los ascensores con pasos rápidos, casi mecánicos, rezando para que las puertas metálicas se abrieran antes de que él decidiera seguirla. Cuando el cubículo de metal comenzó a descender, Emma se apoyó contra la pared de espejos y dejó caer la cabeza hacia atrás, soltando un sollozo ahogado que había estado reteniendo en el pecho durante las últimas doce horas. El pánico la hacía temblar de pies a cabeza. Él estaba empezando a recordar. El cuerpo de Alexander tenía memoria, y el de ella también.

​El trayecto en el transporte público de regreso a su barrio fue un desfile borroso de luces de neón y rostros cansados. El contraste era grotesco: hacía menos de una hora estaba rodeada de mármol y cristales templados, y ahora caminaba por las calles agrietadas de la periferia, esquivando los charcos de la lluvia de la tarde y ajustándose el saco viejo para protegerse del frío.

​Al llegar a su edificio, un bloque de departamentos de ladrillo visto con el asfalto gastado y una bombilla parpadeante en la entrada, Emma subió los tres pisos por la escalera de caracol. Le dolía la ampolla del talón a cada paso, pero la urgencia de ver a su hijo era más fuerte que cualquier malestar físico.

​Abrió la puerta del departamento 3B con el mayor cuidado posible. El olor a sopa casera y al vapor del nebulizador la recibió de inmediato. Marta, su vecina, estaba sentada en el sillón de la sala, tejiendo bajo la luz amarillenta de una lámpara de pie.

​—Llegaste tarde, flaca —susurró Marta, dejando las agujas a un lado y levantándose con una mueca de cansancio—. Pensé que te había tragado la corporación.

​—Hubo una crisis con los servidores —respondió Emma, dejando el bolso en la mesa de la cocina y pasándose las manos por el rostro—. ¿Cómo está Leo? ¿Por qué me llamaste por la mañana? Casi me da un infarto en la oficina.

​Marta suspiró, acomodándose el chal sobre los hombros.

​—Tuvo un acceso de tos a las diez. Se puso un poco azul alrededor de los labios y me asusté, por eso te marqué. Pero le puse la mascarilla con el medicamento que dejó el doctor y se calmó a los diez minutos. Ha estado durmiendo como un tronco desde las siete de la tarde. No te quise volver a molestar para no meterte en problemas en tu primer día.

​Emma cerró los ojos, sintiendo que una oleada de culpa la asfixiaba. Mientras ella corría por un café americano con canela y lidiaba con el ego de un magnate, su hijo se estaba quedando sin aire en un departamento de dos ambientes.

​—Gracias, Marta. No sé qué haría sin ti. Mañana me depositan lo de la semana de prueba. Te pagaré lo de estos días y lo que te debo del mes pasado.

​—No te preocupes por eso ahora, boba. Ve a verlo. Está en tu cama.

​Después de despedir a su vecina, Emma caminó hacia el pequeño dormitorio. La habitación era minúscula; apenas cabía la cama matrimonial y una cómoda de madera contrachapada donde guardaba la ropa del niño. Se acercó al colchón y se sentó en el borde, observando la figura de su hijo en la penumbra.

​Leo ya no era el bebé indefenso que requería cuidados cada tres horas. Tenía tres años cumplidos, las mejillas redondas y el cabello castaño oscuro, un tono idéntico al de Alexander, alborotado sobre la almohada. Emma le acomodó la manta hasta los hombros. El niño se movió sutilmente, soltando un pequeño suspiro, y abrió los ojos a medias.

​Al ver a su madre, Leo sonrió, revelando un hoyuelo característico en la mejilla izquierda. El corazón de Emma se detuvo por un segundo. Ese hoyuelo, esa forma exacta en que sus ojos se achicaban al sonreír, y sobre todo, el tono gris tormenta de sus iris... eran una copia al carbón del hombre que firmaba sus cheques en el piso cuarenta.

​Leo no tenía nada de los Ross. Cada facción de su rostro, la estructura de su mandíbula que empezaba a definirse y esa mirada intensa y curiosa eran la herencia viva de Alexander Vance.

​—Hola, mami —susurró el niño con voz somnolienta, estirando sus pequeños brazos hacia ella.

​Emma se inclinó y lo abrazó con una fuerza casi desesperada, escondiendo el rostro en el cuello del pequeño. El olor a colonia infantil y a ungüento mentolado la trajo de vuelta a la realidad.

​—Hola, mi amor. Sigue durmiendo. Mamá está aquí. Siempre voy a estar aquí.

​El niño cerró los ojos de nuevo, convencido de que el mundo era un lugar seguro bajo el amparo de su madre. Pero Emma sabía que el tiempo corría en su contra. Trabajar a menos de dos metros de Alexander era jugar a la ruleta rusa con una pistola cargada. Si él decidía investigar más allá de lo básico, si cruzaba los datos del vacío de cuatro años en su currículum con la fecha de nacimiento de Leo, todo su mundo se vendría abajo. Alexander no era un hombre compasivo; si descubría que tenía un heredero, un niño legítimo nacido de una noche de copas, usaría todo su poder legal y financiero para quitárselo. Y ella no tenía los recursos para ganar una batalla contra el imperio Vance.

​Se levantó de la cama, arrastrando los pies hacia la cocina para lavarse la cara. Mientras se secaba con una toalla vieja, escuchó el pitido de su teléfono sobre la mesa. Tenía un correo electrónico nuevo.

​Al abrirlo, vio que provenía del departamento de Recursos Humanos de Vance Enterprises.

​«Estimada señorita Ross: Se ha completado el registro de su período de prueba de una semana. Adjunto encontrará el desglose de sus beneficios temporales y la póliza del seguro médico premium corporativo, válida a partir de la fecha. Le recordamos que la continuidad de estos beneficios está sujeta a la evaluación de desempeño del director ejecutivo al término de los seis días restantes».

​Emma miró la pantalla fija, sintiendo una mezcla de alivio amargo y terror absoluto. El seguro médico ya estaba activo. Si Leo tenía otra crisis el fin de semana, podría llevarlo a la mejor clínica de la ciudad sin tener que rogarle a una contadora apática en un hospital público. El precio que tenía que pagar era alto: volver mañana a las siete de la mañana, mirar a los ojos al padre de su hijo, soportar sus sospechas y seguir fingiendo que era una perfecta desconocida.

​Apagó la luz de la cocina y regresó al dormitorio, acostándose al lado de Leo. Lo atrajo hacia su pecho, escuchando el ritmo pausado de su respiración filtrada por el aire de la habitación. Miró hacia la ventana, donde las luces de los autos de la avenida principal se reflejaban en el techo como sombras en movimiento.

​La soga seguía en su cuello, pero ahora la cuerda la sostenía el mismísimo Alexander Vance. Emma cerró los ojos, preparándose mentalmente para el segundo día en el territorio del lobo, sabiendo que el menor de sus errores la dejaría sin nada.

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