El sábado amaneció con esa luz lavada, casi transparente, que el viento del norte trae a la periferia cuando limpia la contaminación de las refinerías del bajo Sena. No era el gris plomo de los días laborables en la torre; era un blanco mate, limpio, que hacía que las fachadas de ladrillo visto del sector oeste parecieran más habitables, menos desprovistas de gracia. En las aceras, los charcos de la lluvia del jueves se habían reducido a costras de barro seco donde los gorriones picoteaban con