El indicador del ascensor privado del piso treinta y cinco se iluminó con un destello azul cobalto. Las puertas no crujieron; en la planta noble de Vance Enterprises, hasta los mecanismos hidráulicos estaban diseñados para que el movimiento pareciera un milagro del silencio. Al salir, Alexander Vance se ajustó los puños de la camisa blanca, sintiendo el tacto frío de los gemelos de plata que habían pertenecido a su abuelo. A su izquierda, el ventanal mostraba la dársena norte devorada por una l