El trayecto en el autobús de la línea 42 siempre le recordaba a Emma la distancia real que separaba sus dos mundos. A medida que el vehículo dejaba atrás las avenidas pulidas del distrito financiero, donde los edificios de espejos parecían rasgar el cielo, las calles se estrechaban y la luz del atardecer se volvía más sucia, atrapada entre tendidos eléctricos enredados y carteles de neón parpadeantes. El traqueteo constante de las ruedas contra los baches de la periferia le producía una punzada