El trayecto de vuelta a la torre Vance fue un ejercicio de asfixia controlada. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra mientras el sedán negro devoraba los kilómetros de autopista que separaban el puerto del distrito financiero. El único sonido en el habitáculo era el rumor neumático de las ruedas contra el asfalto y el siseo constante de la calefacción, que Alexander había subido dos grados sin preguntar, notar la rigidez en el cuerpo de Emma.
Ella se mantuvo inmóvil, pegada a la portez