El crujido de la cadena de seguridad al ser deslizada fuera de su carril sonó como un disparo en el silencio de la madrugada. Emma retiró el pestillo con dedos torpes y helados, empujando la hoja de madera hacia atrás. No lo hizo por sumisión ni porque la presencia de Alexander la hubiera intimidado, sino porque entendió, con la lucidez desesperada de los náufragos, que la presa se había roto. No había forma de contener el agua con las manos. Seguir negando la realidad frente a ese trozo de ca