El amanecer sobre la pequeña localidad costera de Cape May traía una quietud engañosa. Pamela se había instalado en una casa de huéspedes antigua, a unos pasos del océano. Las ventanas blancas dejaban entrar la luz del sol, que rozaba las paredes empapeladas con motivos florales. Afuera, el crujido de la madera vieja se confundía con el canto de las gaviotas. Parecía un sitio detenido en el tiempo, alejado del bullicio de Nueva York, de los reflectores, los teatros... y del nombre de Cristhian