La cabaña donde Pamela se refugiaba junto a Theresa era de madera oscura, cubierta por el musgo del tiempo y la neblina de los secretos. Los días pasaban lentos, como si el mundo exterior hubiese dejado de girar. Allí, entre el olor a tierra mojada y los viejos libros apilados en estanterías polvorientas, Pamela comenzaba a reconstruirse desde los fragmentos. Pero también sabía que no podía esconderse para siempre.
Theresa había sido una compañera silenciosa pero constante. Le cocinaba, compart